Un lento aprendizaje

A todos los hombres bajos del mundo:

Para psicólogos y científicos, un abrazo tiene la propiedad de elevar la serotonina en el cuerpo de los participantes. Conocida también como "la hormona de la felicidad", esta sustancia presente en las neuronas realiza la función de neurotransmisor y es la responsable de regular el humor, el ritmo cardíaco y otras necesidades corporales. En otras palabras, un buen abrazo te sube las pilas y te deja listo para la jornada.

Pero hay un tipo de abrazo que no solo te sube las pilas sino todo lo "subible", que además viene acompañado de música y cuya ejecución resulta mucho más prolongada que los abrazos habituales: el lento.

Desde tiempos inmemoriales la humanidad ha bailado como forma de expresión cultural al ritmo de toda clase de música, pero los que de verdad la rompieron fueron los inventores del rock lento y, en especial, los creadores de la danza en la cual la pareja se funde en un interminable abrazo mientras gira sobre su propio eje, llevando el compás con leves movimientos sincronizados. Bailar un lento no requiere mayor ciencia, su dificultad radica en la fase previa: la de invitación.

Sacar a una chica a bailar un lento es como conducir un auto. Al principio parece algo imposible, pero luego te das cuenta que puedes hacerlo y conforme va pasando el tiempo te va pareciendo cada vez más sencillo, aunque siempre se pueden cometer errores que terminan en accidentes.

El primer lento nunca se olvida. Algunos recuerdan solo el lugar o la ocasión, pero otros recordamos hasta la canción que sonaba. En mi caso fue One More Night, tremenda rola extraída del tercer álbum en solitario del genial Phil Collins llamado No Jacket Required, 1985. En esa ocasión, con solo trece años, tuve la suerte que muchas de las asistentes a la fiesta organizada por mi compañero de colegio Celso no solo eran de baja estatura, sino que además aceptaban amablemente bailar lentos, por lo cual todo cayó por su propio peso. Esa noche triunfamos todos.

Como ya dije, eso de los lentos es como manejar, así que como ya había sacado oficialmente mi licencia, esperaba con ansias la siguiente fiesta para continuar "practicando". Lógicamente había que esperar que alguien con más experiencia sea el primero en lanzarse, luego seleccionar a las bajitas y evaluar pacientemente su comportamiento, asegurándose de descartar a aquellas adictas a la frase "no gracias" o a las que te ponían las dos manos sobre los hombros con los brazos rígidos, así como cuando hacían filas en Nido pero en sentido inverso.

Hasta que llegó la fiesta por el cumpleaños de nuestro amigo "el chino" Daniel. El garaje de su casa había sido adecuadamente acondicionado para el evento y él estrenaba las zapatillas más extravagantes que se habían visto por estos lares. Todo bien, salvo que en entre las asistentes no había una sola chica baja. La noche avanzaba y no tardaría en llegar "la hora de los levantes" -como llamaba mi padre a la tanda de lentos, había que decidir entre la retirada honrosa o confirmar la alternativa.

El DJ puso el cassette correspondiente y las aguas se separaron igual que en el Mar Muerto, chicas para un lado y chicos para otro, leve tensión en el ambiente hasta que los puntas de lanza comenzaron a sacar y las primeras parejas se abrazaban en medio de la pista. Yo me había refugiado contra alguna pared y solo asistía atentamente al espectáculo, la primera canción estaba por terminar y mi experiencia indicaba que la tanda de lentos no pasaba de tres en el mejor de los casos. Hasta ese momento solo tenía dos objetivos identificados pero en ambos la diferencia de estatura era muy notoria. Al comenzar la siguiente canción las dos chicas fueron asaltadas por un enjambre de abejas asesinas, yo seguí inmóvil advirtiendo que la competencia había elevado la dificultad a nivel extremo.

Como melómano incógnito, tenía la ventaja de saber exactamente las notas que faltaban para que la canción que sonaba en ese momento terminase. Algún impulso celestial hizo que me despegara de la pared en el momento indicado y camine hacia la señorita elegida que ya casi se despegaba del anterior. Cuando lo hizo me encontró delante prácticamente atajándole el paso haciéndole la típica pregunta: ¿quieres bailar?, lo único que no calculé fue que el DJ haría una pausa más larga de lo normal, lo que convirtió el momento en una situación incómoda. La chica me miró de arriba abajo y preguntó con una mueca extraña: ¿pero viene un lento?, "ojalá" fue mi respuesta y parece que le causó gracia porque me regaló una hermosa sonrisa justo cuando coincidentemente empezaba a sonar One More Nigth... un nuevo inicio, todo estaba escrito.

La escena se debe haber visto rara, pues éramos la única pareja en la que la chica estaba medio doblada encima del chico, regalándole un generoso abrazo. Yo me estiraba al máximo, disfrutaba del aroma de su pelo y, sin darle importancia a las miradas inquinas, cerraba los ojos y cambiaba la letra de la canción por esa barra que dice: "sale el campeón...". La música terminó y la chica desapareció sin decir absolutamente nada, sin voltear ni detenerse siquiera para un contacto visual; no importaba, la misión se había completado y era un momento de júbilo. Ese día me convencí que a los chatos nos gustan las mujeres altas, habría que ir por ellas.

Saludos,
Hernán








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