No todo está perdido
A todos los hombres bajos del mundo:
Nuestra especie no se extingue porque algunos de sus ejemplares demuestran comportamientos excepcionales. Lejos del egoísmo y la maldad que impera, no es extraño encontrarte con personas sorprendentes que actúan bajo un criterio de solidaridad sin interés aparente ni necesidad de justificación.
Les contaré mi encuentro con la más grande muestra de solidaridad humana que recuerdo. Corría el año 1996 y la banda estadounidense Toto, a mi criterio una de las mejores de los años ochenta, anunció su llegada por estas tierras bananeras para el mes de Mayo (Tambu World Tour). Solo había tardado unos diez años en venir, ínfima cifra si pensamos en lo que tardó McCartney, Mick Jagger, Steven Tyler y otras leyendas que casi tocaron por aquí en silla de ruedas.
¡Muerte al que no haya suspirado con la rubia del video de Rossana! Especialmente cuando arrastra la mano por la reja dedicándole un gesto de desprecio a los malandrines que babean al otro lado con sus contorneos. ¡Ahh!
Por aquellos años no existía todavía una cultura de conciertos, será por eso que los promotores colocaron sillas para que asistamos cómodamente sentados al espectáculo que se iba a desarrollar en una explanada de la Universidad de Lima. Créanme que tampoco eran tiempos de celulares, de esos que hoy les encanta llevar a los de las zonas Ultra VIP, Platinum, EEG, Mipapitieneplata, en fin; me refiero a esos que acceden a las primeras filas para dedicarse durante todo el concierto a grabar con su último Iphone como si fuese un recuerdo para enseñar a sus nietos.
Como sea, el grupo que armamos consiguió unas ubicaciones respetables en zona casi central y no muy alejada del escenario, hasta ese momento no sabíamos que las sillas iban a ser esas plásticas de terraza atadas por las patas para asegurar las filas. Debo confesar que me alegró ver la disposición de las sillas pues estábamos ubicados en una segunda fila luego de un ancho pasillo, lo que permitía el margen de visibilidad que todo bajito puede desear.
El público fue llegando y la fila delante nuestro se iba poblando poco a poco. Cuando ya casi llegaba la hora de inicio, la única silla que quedaba libre era la que estaba frente a mi, convirtiéndome en ese momento en la envidia de todos los que me rodeaban pues mi dominio del escenario era total. Además, la posibilidad que llegue una persona sola a ocupar esa silla era mínima y menos faltando tan poco para que el show comience.
Pero así es el karma de los bajos, lo vi desde que apareció en el pasillo, caminando derecho hacia mí, un monigote alargado que agitaba una melena idéntica a la del futbolista belga Fellaini, llevando colgado al cuello un par de binoculares similares a los que usaba Luke Skywalker en Tatooine. El sujeto se acercó a la silla y esbozando una sonrisa espetó al aire: "A ver, ¿a quién voy a tapar?". Yo, con los ojos fijos en su melena amelcochada apreté los dientes y no me quedó otra que decir para "mis adentros" la única frase que cabía en ese momento: "A mí...concha tu madre".
Las risas fueron generalizadas, creo que hasta Mike Porcaro se estaba burlando de mí desde el backstage. Fellaini se sentó y, en efecto, el escenario desapareció completamente de mis ojos dando paso a una maraña de rulos cobrizos y grasosos y, casi de inmediato, las luces se apagaron y los Toto hicieron una aparición espectacular, bueno, eso me dijeron porque por más que doblé y estiré el cuello no alcancé a ver nada.
Pero unos segundos después entendí que la humanidad no está en peligro de extinción. Fellaini se puso de pié y antes de comenzar a andar giró para mirarme amablemente y decir: ¡que disfrutes el concierto! Ya luego, mientras sonaban los acordes de los mejores temas de Toto, yo volteaba de vez en cuando hacia la torre de sonido (que estaba muy cerca) y veía a Fellaini parado, sin nadie atrás que sufra por su altura y su melena, utilizando despreocupadamente sus binoculares galácticos, sin saber que se había convertido en mi ídolo personal y que, gracias a él, volvía a creer que la convivencia entre altos y bajos en este mundo es posible.
Saludos,
Hernán
Nuestra especie no se extingue porque algunos de sus ejemplares demuestran comportamientos excepcionales. Lejos del egoísmo y la maldad que impera, no es extraño encontrarte con personas sorprendentes que actúan bajo un criterio de solidaridad sin interés aparente ni necesidad de justificación.
Les contaré mi encuentro con la más grande muestra de solidaridad humana que recuerdo. Corría el año 1996 y la banda estadounidense Toto, a mi criterio una de las mejores de los años ochenta, anunció su llegada por estas tierras bananeras para el mes de Mayo (Tambu World Tour). Solo había tardado unos diez años en venir, ínfima cifra si pensamos en lo que tardó McCartney, Mick Jagger, Steven Tyler y otras leyendas que casi tocaron por aquí en silla de ruedas.
¡Muerte al que no haya suspirado con la rubia del video de Rossana! Especialmente cuando arrastra la mano por la reja dedicándole un gesto de desprecio a los malandrines que babean al otro lado con sus contorneos. ¡Ahh!
Por aquellos años no existía todavía una cultura de conciertos, será por eso que los promotores colocaron sillas para que asistamos cómodamente sentados al espectáculo que se iba a desarrollar en una explanada de la Universidad de Lima. Créanme que tampoco eran tiempos de celulares, de esos que hoy les encanta llevar a los de las zonas Ultra VIP, Platinum, EEG, Mipapitieneplata, en fin; me refiero a esos que acceden a las primeras filas para dedicarse durante todo el concierto a grabar con su último Iphone como si fuese un recuerdo para enseñar a sus nietos.
Como sea, el grupo que armamos consiguió unas ubicaciones respetables en zona casi central y no muy alejada del escenario, hasta ese momento no sabíamos que las sillas iban a ser esas plásticas de terraza atadas por las patas para asegurar las filas. Debo confesar que me alegró ver la disposición de las sillas pues estábamos ubicados en una segunda fila luego de un ancho pasillo, lo que permitía el margen de visibilidad que todo bajito puede desear.
El público fue llegando y la fila delante nuestro se iba poblando poco a poco. Cuando ya casi llegaba la hora de inicio, la única silla que quedaba libre era la que estaba frente a mi, convirtiéndome en ese momento en la envidia de todos los que me rodeaban pues mi dominio del escenario era total. Además, la posibilidad que llegue una persona sola a ocupar esa silla era mínima y menos faltando tan poco para que el show comience.
Pero así es el karma de los bajos, lo vi desde que apareció en el pasillo, caminando derecho hacia mí, un monigote alargado que agitaba una melena idéntica a la del futbolista belga Fellaini, llevando colgado al cuello un par de binoculares similares a los que usaba Luke Skywalker en Tatooine. El sujeto se acercó a la silla y esbozando una sonrisa espetó al aire: "A ver, ¿a quién voy a tapar?". Yo, con los ojos fijos en su melena amelcochada apreté los dientes y no me quedó otra que decir para "mis adentros" la única frase que cabía en ese momento: "A mí...concha tu madre".
Las risas fueron generalizadas, creo que hasta Mike Porcaro se estaba burlando de mí desde el backstage. Fellaini se sentó y, en efecto, el escenario desapareció completamente de mis ojos dando paso a una maraña de rulos cobrizos y grasosos y, casi de inmediato, las luces se apagaron y los Toto hicieron una aparición espectacular, bueno, eso me dijeron porque por más que doblé y estiré el cuello no alcancé a ver nada.
Pero unos segundos después entendí que la humanidad no está en peligro de extinción. Fellaini se puso de pié y antes de comenzar a andar giró para mirarme amablemente y decir: ¡que disfrutes el concierto! Ya luego, mientras sonaban los acordes de los mejores temas de Toto, yo volteaba de vez en cuando hacia la torre de sonido (que estaba muy cerca) y veía a Fellaini parado, sin nadie atrás que sufra por su altura y su melena, utilizando despreocupadamente sus binoculares galácticos, sin saber que se había convertido en mi ídolo personal y que, gracias a él, volvía a creer que la convivencia entre altos y bajos en este mundo es posible.
Saludos,
Hernán







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