Por una cabeza
A todos los hombres bajos del mundo:
En 1935, Carlos Gardel compuso la música del archifamoso tango "Por una cabeza", que cuenta la historia de un ludópata desafortunado en las carreras de caballos y el amor. La música es tan bella que no pocos directores de cine han incorporado escenas con esta melodía en sus películas. Basta recordar a la espectacular Jessica Biel destrozando en la pista de baile a Colin Firth bajo la mirada onanística de hombres y mujeres en Easy Virtue (que por estos lares se llamó "Una familia con clase". Sthepan Elliot, 2008); o el ridículo baile del "Gobernator" Shwarzenegger en True Lies ("Mentiras verdaderas". James Cameron, 1994), donde parece que alguna de las inmensas metralletas de sus otros personajes le quedó atravesada de sur a norte.
Pero sin duda, la escena más recordada es la del ciego personaje de Al Pacino en Scent of a Woman ("Perfume de mujer". Martin Brest,1992), que con su 1.70m de estatura hizo remecer la feminidad de una jovencísima Gabrielle Anwar en un baile de antología y obligatorio culto para todos los bajitos de este planeta. Pacino ganó el Oscar por esta actuación y grabó para siempre su nombre en el panteón de los hombres bajos, dos honores de similar relevancia por supuesto.
Sin embargo, volviendo a temas terrenales,"por una cabeza" fue también que me ganaron el único wisky que quedaba de oferta en el supermercado en la triste historia que les cuento a continuación. Como pocas veces ocurre, los astros se alinearon para hacer coincidir una invitación de amigos amantes del buen wisky con una super oferta de Glenfiddich -uno de los pocos buenos pure malt escoceses que se consiguen en los supermercados. En realidad la oferta no hace más que ponerlo a su precio real porque fuera de esos días se expende al doble o triple sin miramiento ni motivo algunos.
Estando ya muy próxima la fecha de la reunión convocada elegantemente por los anfitriones, recibí una alerta por mail donde se anunciaba el open bar de un supermercado y entre los licores importantes figuraba el ya mentado Glenfiddich a precio similar al de un mundano etiqueta negra. La alerta también indicaba un breve plazo de vigencia de la oferta, por lo cual no quedaba más que suspender las labores e ir en busca del preciado elemento.
Llegué con paso firme al supermercado y me dirigí a los sagrados anaqueles reservados a las bebidas espirituosas. Me preocupó que el primer vistazo no lograra distinguir el característico envase triangular abombado que buscaba, por lo que inicié el repase incluyendo los espacios más altos y claro, como manda la Ley de Murphy, allí estaba la única botella en kilómetros a la redonda, lo suficientemente metida como para que no pueda tocarla ni con la yema de los dedos en el punto de máximo alongamiento.
Fueron segundos de desesperación. Nada de lo que habitualmente hacemos los bajitos en estos casos iba a funcionar, porque la escalada que haces en los anaqueles de abarrotes resulta imposible cuando todas son botellas a tu alrededor. Me alejé un poco para ver si encontraba por ahí alguno de esos taburetes o escaleras que utilizan los acomodadores para birlarlo de la forma más sigilosa posible, porque -sépanlo de una vez, al igual que el inmortal Francisco Bolognesi un bajito pide ayuda solo después de haber quemado el último cartucho.
Pero en este caso parecía que había llegado ese incómodo momento de pedir a alguien que te baje un producto, casi tan bochornoso como pedir que te hagan el nudo de la corbata o que te digan que vienes caminando con la etiqueta de la ropa afuera (precio incluido) o la bragueta abierta. En el camino de regreso a la ubicación del wisky, pude ver a un sujeto vestido de traje, canoso en cabeza y bigote, superando el metro ochenta de estatura; dirigiéndose directamente al punto en el que yo había estado segundos antes. "Éste es", me dije. Avancé hacia él repasando mentalmente el speech que iba a soltar, cuidando que las palabras no grafiquen demasiado la tragedia que estaba viviendo.
Faltaba casi nada para llegar cuando el tipo alzó el brazo, como quien se lleva un cigarro a la boca y lo estiró para coger el maldito Glenfiddich que mientras volaba por los aires asido de la mano del sujeto, parecía voltear una parte de su envase hacia mí esbozando una sonrisa y decir con acento escoces bye bye dwarf. Pensé en detenerlo, explicarle que yo había llegado antes y que esa miserable botella me pertenecía por derecho universal, pero solo atiné a contemplar en silencio su camino hacia la caja acompañando los pasos con la hermosa melodía de Gardel y cantando: "por un cabeza, si ella me olvida, qué importa perderme mil veces la vida...".
Finalmente opté por enviar unas flores.
Saludos,
Hernán
En 1935, Carlos Gardel compuso la música del archifamoso tango "Por una cabeza", que cuenta la historia de un ludópata desafortunado en las carreras de caballos y el amor. La música es tan bella que no pocos directores de cine han incorporado escenas con esta melodía en sus películas. Basta recordar a la espectacular Jessica Biel destrozando en la pista de baile a Colin Firth bajo la mirada onanística de hombres y mujeres en Easy Virtue (que por estos lares se llamó "Una familia con clase". Sthepan Elliot, 2008); o el ridículo baile del "Gobernator" Shwarzenegger en True Lies ("Mentiras verdaderas". James Cameron, 1994), donde parece que alguna de las inmensas metralletas de sus otros personajes le quedó atravesada de sur a norte.
Pero sin duda, la escena más recordada es la del ciego personaje de Al Pacino en Scent of a Woman ("Perfume de mujer". Martin Brest,1992), que con su 1.70m de estatura hizo remecer la feminidad de una jovencísima Gabrielle Anwar en un baile de antología y obligatorio culto para todos los bajitos de este planeta. Pacino ganó el Oscar por esta actuación y grabó para siempre su nombre en el panteón de los hombres bajos, dos honores de similar relevancia por supuesto.
Sin embargo, volviendo a temas terrenales,"por una cabeza" fue también que me ganaron el único wisky que quedaba de oferta en el supermercado en la triste historia que les cuento a continuación. Como pocas veces ocurre, los astros se alinearon para hacer coincidir una invitación de amigos amantes del buen wisky con una super oferta de Glenfiddich -uno de los pocos buenos pure malt escoceses que se consiguen en los supermercados. En realidad la oferta no hace más que ponerlo a su precio real porque fuera de esos días se expende al doble o triple sin miramiento ni motivo algunos.
Estando ya muy próxima la fecha de la reunión convocada elegantemente por los anfitriones, recibí una alerta por mail donde se anunciaba el open bar de un supermercado y entre los licores importantes figuraba el ya mentado Glenfiddich a precio similar al de un mundano etiqueta negra. La alerta también indicaba un breve plazo de vigencia de la oferta, por lo cual no quedaba más que suspender las labores e ir en busca del preciado elemento.
Llegué con paso firme al supermercado y me dirigí a los sagrados anaqueles reservados a las bebidas espirituosas. Me preocupó que el primer vistazo no lograra distinguir el característico envase triangular abombado que buscaba, por lo que inicié el repase incluyendo los espacios más altos y claro, como manda la Ley de Murphy, allí estaba la única botella en kilómetros a la redonda, lo suficientemente metida como para que no pueda tocarla ni con la yema de los dedos en el punto de máximo alongamiento.
Fueron segundos de desesperación. Nada de lo que habitualmente hacemos los bajitos en estos casos iba a funcionar, porque la escalada que haces en los anaqueles de abarrotes resulta imposible cuando todas son botellas a tu alrededor. Me alejé un poco para ver si encontraba por ahí alguno de esos taburetes o escaleras que utilizan los acomodadores para birlarlo de la forma más sigilosa posible, porque -sépanlo de una vez, al igual que el inmortal Francisco Bolognesi un bajito pide ayuda solo después de haber quemado el último cartucho.
Pero en este caso parecía que había llegado ese incómodo momento de pedir a alguien que te baje un producto, casi tan bochornoso como pedir que te hagan el nudo de la corbata o que te digan que vienes caminando con la etiqueta de la ropa afuera (precio incluido) o la bragueta abierta. En el camino de regreso a la ubicación del wisky, pude ver a un sujeto vestido de traje, canoso en cabeza y bigote, superando el metro ochenta de estatura; dirigiéndose directamente al punto en el que yo había estado segundos antes. "Éste es", me dije. Avancé hacia él repasando mentalmente el speech que iba a soltar, cuidando que las palabras no grafiquen demasiado la tragedia que estaba viviendo.
Faltaba casi nada para llegar cuando el tipo alzó el brazo, como quien se lleva un cigarro a la boca y lo estiró para coger el maldito Glenfiddich que mientras volaba por los aires asido de la mano del sujeto, parecía voltear una parte de su envase hacia mí esbozando una sonrisa y decir con acento escoces bye bye dwarf. Pensé en detenerlo, explicarle que yo había llegado antes y que esa miserable botella me pertenecía por derecho universal, pero solo atiné a contemplar en silencio su camino hacia la caja acompañando los pasos con la hermosa melodía de Gardel y cantando: "por un cabeza, si ella me olvida, qué importa perderme mil veces la vida...".
Finalmente opté por enviar unas flores.
Saludos,
Hernán







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