Un rebote de altura
A todos los hombres bajos del mundo:
Cuando ingresas a la universidad o al instituto tus padres, que generalmente son los que financian la gracia, te repiten infaltablemente que debes dedicarte a estudiar y que no son tiempos para andar distrayéndote con los amigos. Pero claro, siempre sucede todo lo contrario.
A esta etapa se llega con las experiencias que uno haya podido acumular en el colegio. Las chicas que más llaman la atención son aquellas que demuestran tener cierto kilometraje y entre los chicos, destacarán los que tengan buenas historias para contar en las cafeterías, sobretodo aquellas que denoten haber pasado a jugar en las ligas mayores.
Cuando yo ingresé a la universidad tenía muy poco para contar, la vida colegial era sideralmente distinta a lo que es hoy. Pese a ello, había a quienes se les escuchaba embelesadamente en las largas horas de jardín de los primeros ciclos, historias referidas a grandes triunfos amorosos con mujeres mayores, con dos hermanas y por ahí alguno que afirmaba haber anotado con madre e hija -a quien se le comenzó a llamar con el sobrenombre "Dios".
No obstante, un día la conversación se tornó más terrenal cuando precisamente Dios lanzó una frase inolvidable preguntando: ¿quién no ha tenido un rebote en su vida? De eso sí teníamos bastante qué contar los que usualmente escuchábamos, aquel momento en que te armas de valor y le preguntas a la niña de tus sueños si quiere estar contigo -aun cuando ni siquiera sepas el alcance de tal propuesta y el objetivo se limite a obtener un beso y sus derivados. Pese a ello, la respuesta no es la esperada porque alguien te atrasó, porque te pusieron en la friend zone o simplemente porque no calificas.
Cuando nos dimos cuenta, todos los de la rueda estaban uno a uno narrando su peor rebote.Yo quise pasar pero nadie me dejó y tuve que remontarme al verano previo al 4to de media, en el que me matriculé en una academia de natación administrada por unos sinvergüenzas que cobraban por metro cúbico de piscina y tenían contratados como profesores a unos obesos parientes que sabían tanto de nadar como yo de astrofísica.
Por supuesto que me di cuenta del timo desde el primer día, pero poco importó al ver que en el grupo había una chica tan bonita como tomarse una cerveza helada al borde del mar, dueña de unos ojos felinos y, lo mejor de todo, de una estatura similar a la mía, osea cartón lleno: ¡BINGO! Lo primero, un análisis de competencia, en eso el panorama no podía estar mejor, habían solo dos posibles rivales de los cuales uno estaba descartado porque su mamita lo iba a dejar y a recoger e incluso a veces se quedaba alentándolo, nada más desechable que un niño mimado en los intrincados caminos del amor. El otro sí me preocupaba, de hecho le "tiró letra" desde el primer día e intentaba lucirse, aunque felizmente nadaba peor que Quico en Acapulco y resultó que tenía enamorada, por eso los aires de superioridad. El terreno entonces estaba despejado.
A la tercera clase recién se presentó la oportunidad de hablar con esta pequeña diva. Luego de algunos asuntos triviales vino la primera pregunta seria: -¿cómo te llamas?, -Leila ¿y tú?, -Hernán. Luego de eso, ella misma se puso a contar de su colegio, de su familia, decía de vez en cuando: "sí Hernán, mira, ni te imaginas, y esto y aquello...". Para el final de la clase ya era tan fluida la conversación que la conclusión no podía ser otra: le gusto.
Para la tercera semana mi adolescente corazón ya estaba entregado, escuchaba música romántica y Leila era lo único en que pensaba. Ella dejaba que la acompañara a casa caminando después de clase, me daba consejos, en fin, todo lo necesario para formar un hogar y pasar el resto de nuestras vidas juntos. Solo faltaba dar el paso trascendente que decantaría en un beso de amor de esos que despiertan a las princesas de Disney. Luego de pedir algunos consejos por ahí, me presenté en su puerta y con escasos prolegómenos me lancé esperando que el trámite sea lo más breve posible. La cara de la niña cambió radicalmente, se quedó callada y luego de unos segundos de eternidad me dijo: "no se, tendría que pensarlo...".
Los siguientes días fueron de especulaciones, estadísticas y dolor de estómago. Los amigos decían que normalmente eso de "voy a pensarlo" termina siendo un sí, que no me preocupara, que todo saldría bien. Llegó el día de volver a su puerta, con fe, con La Fuerza de mi lado como todo Caballero Jedi. Toqué el timbre y ella misma contestó por el intercomunicador: -Leila, soy Hernán, -No puedo hablar ahora, ven otro día, -pero, ¿has pensado en lo que te pregunté?, -de verdad, ven otro día, -pero Leila, necesito una respuesta, ....(silencio)... -Hernán no, ¡eres muy chato!
La gente de la rueda se comenzó a revolcar de risa en el pasto, yo había terminado de contar mi historia casi llorando y lo único que veía era gente doblada por las carcajadas. Recién en ese momento caí en cuenta que mi tragedia tenía dos récords mundiales: haber rebotado por bajito y que la notificación me la hicieron llegar por intercomunicador, sin duda elementos suficientes para caminar por el hall de la fama, por la alfombra roja de los rebotes.
De Leila no supe mucho más, no me dio mayor oportunidad de conversar en las pocas clases que quedaban y yo, dignamente, no volví a tocar su puerta. La historia se comentó por poco tiempo en los pasillos de la facultad y solo unos cuantos amigos me la recuerdan de vez en cuando. Muchos años han pasado pero debo confesar que cada vez que debo tocar un intercomunicador, dedico unos breves segundos a recordar aquél rebote sin rostro, sin derecho a réplica y sin los centímetros suficientes para llegar a la meta. Sin duda, un rebote de altura.
Saludos,
Hernán
Cuando ingresas a la universidad o al instituto tus padres, que generalmente son los que financian la gracia, te repiten infaltablemente que debes dedicarte a estudiar y que no son tiempos para andar distrayéndote con los amigos. Pero claro, siempre sucede todo lo contrario.
A esta etapa se llega con las experiencias que uno haya podido acumular en el colegio. Las chicas que más llaman la atención son aquellas que demuestran tener cierto kilometraje y entre los chicos, destacarán los que tengan buenas historias para contar en las cafeterías, sobretodo aquellas que denoten haber pasado a jugar en las ligas mayores.
Cuando yo ingresé a la universidad tenía muy poco para contar, la vida colegial era sideralmente distinta a lo que es hoy. Pese a ello, había a quienes se les escuchaba embelesadamente en las largas horas de jardín de los primeros ciclos, historias referidas a grandes triunfos amorosos con mujeres mayores, con dos hermanas y por ahí alguno que afirmaba haber anotado con madre e hija -a quien se le comenzó a llamar con el sobrenombre "Dios".
No obstante, un día la conversación se tornó más terrenal cuando precisamente Dios lanzó una frase inolvidable preguntando: ¿quién no ha tenido un rebote en su vida? De eso sí teníamos bastante qué contar los que usualmente escuchábamos, aquel momento en que te armas de valor y le preguntas a la niña de tus sueños si quiere estar contigo -aun cuando ni siquiera sepas el alcance de tal propuesta y el objetivo se limite a obtener un beso y sus derivados. Pese a ello, la respuesta no es la esperada porque alguien te atrasó, porque te pusieron en la friend zone o simplemente porque no calificas.
Cuando nos dimos cuenta, todos los de la rueda estaban uno a uno narrando su peor rebote.Yo quise pasar pero nadie me dejó y tuve que remontarme al verano previo al 4to de media, en el que me matriculé en una academia de natación administrada por unos sinvergüenzas que cobraban por metro cúbico de piscina y tenían contratados como profesores a unos obesos parientes que sabían tanto de nadar como yo de astrofísica.
Por supuesto que me di cuenta del timo desde el primer día, pero poco importó al ver que en el grupo había una chica tan bonita como tomarse una cerveza helada al borde del mar, dueña de unos ojos felinos y, lo mejor de todo, de una estatura similar a la mía, osea cartón lleno: ¡BINGO! Lo primero, un análisis de competencia, en eso el panorama no podía estar mejor, habían solo dos posibles rivales de los cuales uno estaba descartado porque su mamita lo iba a dejar y a recoger e incluso a veces se quedaba alentándolo, nada más desechable que un niño mimado en los intrincados caminos del amor. El otro sí me preocupaba, de hecho le "tiró letra" desde el primer día e intentaba lucirse, aunque felizmente nadaba peor que Quico en Acapulco y resultó que tenía enamorada, por eso los aires de superioridad. El terreno entonces estaba despejado.
A la tercera clase recién se presentó la oportunidad de hablar con esta pequeña diva. Luego de algunos asuntos triviales vino la primera pregunta seria: -¿cómo te llamas?, -Leila ¿y tú?, -Hernán. Luego de eso, ella misma se puso a contar de su colegio, de su familia, decía de vez en cuando: "sí Hernán, mira, ni te imaginas, y esto y aquello...". Para el final de la clase ya era tan fluida la conversación que la conclusión no podía ser otra: le gusto.
Para la tercera semana mi adolescente corazón ya estaba entregado, escuchaba música romántica y Leila era lo único en que pensaba. Ella dejaba que la acompañara a casa caminando después de clase, me daba consejos, en fin, todo lo necesario para formar un hogar y pasar el resto de nuestras vidas juntos. Solo faltaba dar el paso trascendente que decantaría en un beso de amor de esos que despiertan a las princesas de Disney. Luego de pedir algunos consejos por ahí, me presenté en su puerta y con escasos prolegómenos me lancé esperando que el trámite sea lo más breve posible. La cara de la niña cambió radicalmente, se quedó callada y luego de unos segundos de eternidad me dijo: "no se, tendría que pensarlo...".
Los siguientes días fueron de especulaciones, estadísticas y dolor de estómago. Los amigos decían que normalmente eso de "voy a pensarlo" termina siendo un sí, que no me preocupara, que todo saldría bien. Llegó el día de volver a su puerta, con fe, con La Fuerza de mi lado como todo Caballero Jedi. Toqué el timbre y ella misma contestó por el intercomunicador: -Leila, soy Hernán, -No puedo hablar ahora, ven otro día, -pero, ¿has pensado en lo que te pregunté?, -de verdad, ven otro día, -pero Leila, necesito una respuesta, ....(silencio)... -Hernán no, ¡eres muy chato!
La gente de la rueda se comenzó a revolcar de risa en el pasto, yo había terminado de contar mi historia casi llorando y lo único que veía era gente doblada por las carcajadas. Recién en ese momento caí en cuenta que mi tragedia tenía dos récords mundiales: haber rebotado por bajito y que la notificación me la hicieron llegar por intercomunicador, sin duda elementos suficientes para caminar por el hall de la fama, por la alfombra roja de los rebotes.
De Leila no supe mucho más, no me dio mayor oportunidad de conversar en las pocas clases que quedaban y yo, dignamente, no volví a tocar su puerta. La historia se comentó por poco tiempo en los pasillos de la facultad y solo unos cuantos amigos me la recuerdan de vez en cuando. Muchos años han pasado pero debo confesar que cada vez que debo tocar un intercomunicador, dedico unos breves segundos a recordar aquél rebote sin rostro, sin derecho a réplica y sin los centímetros suficientes para llegar a la meta. Sin duda, un rebote de altura.
Saludos,
Hernán






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