Una historia prohibida
A todos los hombres bajos del mundo:
Ser adolescente en estos tiempos es muy fácil. Toda la información, imágenes, vídeos e incluso audios de gritos desaforados que uno pudiera desear circulan en la red como Pedro por su casa, sin control parental que pueda detenerlos pues, mientras los padres aprenden a utilizarlo, los jovencitos ya instalaron dos o tres apps para evadirlo.
En los días de mi adolescencia sin embargo eso no era así, había que "recursearse" si uno quería estar al día. Dependíamos del amigo que había logrado birlarle una Playboy al padre, tío o primo mayor, pero que solo te dejaba ver algunas fotografías de esas páginas pegoteadas y prohibidas. También había que hacer maravillas para sintonizar las películas de los inmortales Porcel y Olmedo, o algunos minutos del Show de Benny Hill; producciones que hoy podrían ser exhibidas sin problemas en la sala de espera de cualquier dentista, pero que en aquellos tiempos te garantizaban una noche de sueños felices y vetados.
Pero entre las verdaderas hazañas sin duda, estaba la de colarse al cine donde exhibían películas para adultos. De hecho algunos cines solo se dedicaban a pasar películas de este género y no faltaba por ahí un crack que aseguraba haber entrado o incluso tener pase libre por ser amigo de un amigo del amigo del dueño. A ese descendiente de Aquiles se le escuchaba con atención en el patio del colegio, el parque o en la reunión familiar por el cumpleaños del abuelo; se memorizaban los detalles, se almacenaba toda la información posible para cuando llegase la oportunidad.
La mía llegó con el estreno en Lima de la tercera entrega de Chicle Caliente (Lemon Popsicle 3: Hot Bubblegum. Boaz Davidson, 1981), una saga israelí de películas juveniles de bajísimo presupuesto que resultaron ser un éxito mundial por sus bobas situaciones y algunos desnudos de corte épico. En los pasillos del colegio no se hablaba de otra cosa y el mundo se dividía entre los que ya la habían visto y los perdedores. No había más qué hacer, teníamos que ir, pero eso suponía organizar un batallón que compensara adecuadamente las debilidades y fortalezas del grupo.
Así, luego de las labores de convencimiento, la escuadra quedó conformada por cuatro arietes: Kike, Daniel, Jorge y este servidor. Los dos primeros figuraban entre los más altos del salón, los dos últimos ni siquiera aparentábamos los quince años que teníamos, pero éramos los diseñadores del plan de ataque. "El sábado en matinée, cine Orrantia, lleguen temprano para entrar cuando todavía no haya mucha gente".
Ese día, a la hora de apertura de la boletería, solo éramos tres y el plan comenzó a hacer agua. La espera nos expuso innecesariamente y ya el portero nos había visto con una mirada de desprecio. Para mi mala suerte faltaba uno de los altos, el designado para comprar los boletos. Cuando al fin llegó, ni siquiera le dimos tiempo para las excusas, pusimos la chancha en sus manos y lo mandamos a la cola que ya comenzaba a crecer, no se libró de algunas caras intrigantes que trataban de adivinar si tenía 18 años o no. Pese a ello, logró comprar los cuatro boletos.
Como los gloriosos héroes de Sángrar dijimos ¡Hoy o nunca! y marchamos hacia la entrada, allí nos esperaba el portero y otro sujeto que parecía ser el administrador, que había aparecido de la nada seguramente alertado por el primero ante nuestra presencia. Con la actitud más servil y despreciable que recuerdo, el miserable portero se dirigió al administrador diciendo con voz fuerte: ¡ninguno señor, ninguno!, ¡les pido sus documentos! Este escollo era previsible, cualquier portero se iba a hacer el difícil y habría que pasar a la fase del palabreo, lo que no estaba contado era que tenga al lado a su jefe.
El administrador nos echó una mirada contemplativa, hasta diría que amable, tal vez le recordamos algún episodio de su propia juventud, guardó silencio por unos instantes y luego sentenció: "tú y tú, pasen, ustedes dos se van". Nada es fácil para un bajito, menos ver que tus dos compañeros altos ingresan al cine con el plan que tú habías diseñado y que los chatos volvían a quedar fuera del Mundial. Jorge perdió rápidamente la fe y ya quería volver a casa, pero yo no estaba para derrotas y lo convencí de esperar un rato hasta que bajara la gente. La boletería cerró y la puerta estaba por ser bloqueada, cuando a lo lejos volvió a cruzar el administrador, la batalla final estaba todavía por comenzar.
Parado en la puerta levanté mi boleto hasta la altura de las mejillas y puse la cara del burro de Shrek pidiendo apapacho, el administrador cayó en cuenta que al menos debía devolverme la plata, lo que seguramente le resultaba muy molesto. El portero trancaba la puerta y me miraba con odio pero para mí ese sujeto ya no existía. El administrador se acercó nuevamente a la puerta y nos dijo: "ya pasen pues, pero no se estén parando ah, que no los vean...". No había terminado de hablar y ya corríamos por las escaleras, la sala estaba oscura y la película había comenzado. De pronto, unas voces en la oscuridad: ¡chato, chato!, eran Kike y Daniel que hasta nos habían guardado sitio, seguramente porque podrás dudar de todo, menos del ímpetu de un bajito.
De la película solo algunas escenas me quedaron grabadas, la trama ni la recuerdo. Nunca volvimos a organizar otra incursión similar ni presumimos mucho del "éxito" en el colegio. Todo quedó como la historia del chicle que casi se nos pega en el zapato por cuestión de altura, una historia de guerra para tiempos de paz.
Saludos,
Hernán
Ser adolescente en estos tiempos es muy fácil. Toda la información, imágenes, vídeos e incluso audios de gritos desaforados que uno pudiera desear circulan en la red como Pedro por su casa, sin control parental que pueda detenerlos pues, mientras los padres aprenden a utilizarlo, los jovencitos ya instalaron dos o tres apps para evadirlo.
En los días de mi adolescencia sin embargo eso no era así, había que "recursearse" si uno quería estar al día. Dependíamos del amigo que había logrado birlarle una Playboy al padre, tío o primo mayor, pero que solo te dejaba ver algunas fotografías de esas páginas pegoteadas y prohibidas. También había que hacer maravillas para sintonizar las películas de los inmortales Porcel y Olmedo, o algunos minutos del Show de Benny Hill; producciones que hoy podrían ser exhibidas sin problemas en la sala de espera de cualquier dentista, pero que en aquellos tiempos te garantizaban una noche de sueños felices y vetados.
Pero entre las verdaderas hazañas sin duda, estaba la de colarse al cine donde exhibían películas para adultos. De hecho algunos cines solo se dedicaban a pasar películas de este género y no faltaba por ahí un crack que aseguraba haber entrado o incluso tener pase libre por ser amigo de un amigo del amigo del dueño. A ese descendiente de Aquiles se le escuchaba con atención en el patio del colegio, el parque o en la reunión familiar por el cumpleaños del abuelo; se memorizaban los detalles, se almacenaba toda la información posible para cuando llegase la oportunidad.
La mía llegó con el estreno en Lima de la tercera entrega de Chicle Caliente (Lemon Popsicle 3: Hot Bubblegum. Boaz Davidson, 1981), una saga israelí de películas juveniles de bajísimo presupuesto que resultaron ser un éxito mundial por sus bobas situaciones y algunos desnudos de corte épico. En los pasillos del colegio no se hablaba de otra cosa y el mundo se dividía entre los que ya la habían visto y los perdedores. No había más qué hacer, teníamos que ir, pero eso suponía organizar un batallón que compensara adecuadamente las debilidades y fortalezas del grupo.
Así, luego de las labores de convencimiento, la escuadra quedó conformada por cuatro arietes: Kike, Daniel, Jorge y este servidor. Los dos primeros figuraban entre los más altos del salón, los dos últimos ni siquiera aparentábamos los quince años que teníamos, pero éramos los diseñadores del plan de ataque. "El sábado en matinée, cine Orrantia, lleguen temprano para entrar cuando todavía no haya mucha gente".
Ese día, a la hora de apertura de la boletería, solo éramos tres y el plan comenzó a hacer agua. La espera nos expuso innecesariamente y ya el portero nos había visto con una mirada de desprecio. Para mi mala suerte faltaba uno de los altos, el designado para comprar los boletos. Cuando al fin llegó, ni siquiera le dimos tiempo para las excusas, pusimos la chancha en sus manos y lo mandamos a la cola que ya comenzaba a crecer, no se libró de algunas caras intrigantes que trataban de adivinar si tenía 18 años o no. Pese a ello, logró comprar los cuatro boletos.
Como los gloriosos héroes de Sángrar dijimos ¡Hoy o nunca! y marchamos hacia la entrada, allí nos esperaba el portero y otro sujeto que parecía ser el administrador, que había aparecido de la nada seguramente alertado por el primero ante nuestra presencia. Con la actitud más servil y despreciable que recuerdo, el miserable portero se dirigió al administrador diciendo con voz fuerte: ¡ninguno señor, ninguno!, ¡les pido sus documentos! Este escollo era previsible, cualquier portero se iba a hacer el difícil y habría que pasar a la fase del palabreo, lo que no estaba contado era que tenga al lado a su jefe.
El administrador nos echó una mirada contemplativa, hasta diría que amable, tal vez le recordamos algún episodio de su propia juventud, guardó silencio por unos instantes y luego sentenció: "tú y tú, pasen, ustedes dos se van". Nada es fácil para un bajito, menos ver que tus dos compañeros altos ingresan al cine con el plan que tú habías diseñado y que los chatos volvían a quedar fuera del Mundial. Jorge perdió rápidamente la fe y ya quería volver a casa, pero yo no estaba para derrotas y lo convencí de esperar un rato hasta que bajara la gente. La boletería cerró y la puerta estaba por ser bloqueada, cuando a lo lejos volvió a cruzar el administrador, la batalla final estaba todavía por comenzar.
Parado en la puerta levanté mi boleto hasta la altura de las mejillas y puse la cara del burro de Shrek pidiendo apapacho, el administrador cayó en cuenta que al menos debía devolverme la plata, lo que seguramente le resultaba muy molesto. El portero trancaba la puerta y me miraba con odio pero para mí ese sujeto ya no existía. El administrador se acercó nuevamente a la puerta y nos dijo: "ya pasen pues, pero no se estén parando ah, que no los vean...". No había terminado de hablar y ya corríamos por las escaleras, la sala estaba oscura y la película había comenzado. De pronto, unas voces en la oscuridad: ¡chato, chato!, eran Kike y Daniel que hasta nos habían guardado sitio, seguramente porque podrás dudar de todo, menos del ímpetu de un bajito.
De la película solo algunas escenas me quedaron grabadas, la trama ni la recuerdo. Nunca volvimos a organizar otra incursión similar ni presumimos mucho del "éxito" en el colegio. Todo quedó como la historia del chicle que casi se nos pega en el zapato por cuestión de altura, una historia de guerra para tiempos de paz.
Saludos,
Hernán







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